viernes, 11 de enero de 2008

Circo, panecillos, cerveza y gente

Cuando no se depende laboralmente de nadie se puede trasnochar un día cualquiera. Eso supone una fuerte dosis de improvisación, un estómago capaz de procesar desde las gominolas más enrevesadas, crispetas de diseño, bolas de queso y microsalchichas a las dosis poco razonables de cerveza belga. O sea hablar sin decir nada con el arrope del alcohol como excusa y la risa saltarina que se escapa sin querer.


Un día el circo chino llegó a la ciudad y eran tan pequeños que podías imaginar llevándotelos en una mochila hasta un robledal y contemplarlos en la palma de tu mano. Pero, después de 15 años de entrenamiento, sus músculos pesaban tanto que al minuto de caminar ya te cargaban en brazos o te lanzaban, haciendo volatines, por los aires. Venían, decían con sus boquitas pintadas, de la ciudad de Wuhan, en el centro, ni lejos ni cerca de Pekín. Y actuaban disfrazados de piratas, de algas, de conchas cuajadas de coral, de feriantes de pueblo... ¿Eran gente como se plantea mi apreciado Patxoski?
Gente esforzada, que ha repetido y repetido sus ejercicios hasta la extenuación, hasta convertirlos en algo natural, fluido como la respiración, divertido como un guiño, bajo el runrun discotequero, juguetón y saltarín. Chinos y chinas duros y flexibles como la vida. Acostumbrados a la sonrisa y a la censura. Resistentes. Gente como nosotros. Como tú y como yo.

2 comentarios:

MANE dijo...

No creo que nadie haya escrito nada tan chulo sobre un circo.

Luca dijo...

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